Captura de pantalla 2020-05-01 a la(s) 5

EL LENGUAJE DE LOS DIOSES*

“La creatividad humana no encuentra límites para sus propósitos. Sus motivaciones son sin duda múltiples y cambiantes; sin embargo, creemos que recónditamente se activa por un impulso básico: por la búsqueda constante de lo sagrado, y sus obras son el fruto de los hallazgos producidos durante esta búsqueda. De este modo, el “arte” puede verse como la bitácora de ese viaje de la humanidad en busca de su más profunda naturaleza, aquel libro al que siempre podemos volver, para evocar, para convocar, para seguir tratando de descifrar ese atisbado e inquietante misterio.

Según el antropólogo Josep Fericgla, “la facultad creadora es indiscutiblemente la posesión más preciosa que distingue al ser humano y la que más claramente participa de lo divino” (Fericgla, 1989:10). Pero también podríamos pensarla como un camino de doble mano, que tanto sirve al ser humano para comunicarse con los dioses como a éstos para acercarnos sus mensajes a nosotros. Así, las imágenes, los sonidos, las formas, organizados en sistemas simbólicos constituirían el instrumento específico de la comunicación entre lo divino y lo humano. El lenguaje de los dioses es sin duda el lenguaje del símbolo, el que habla con metáforas, con analogías, el que devela y oculta a la vez, el que llega desde las borrosas profundidades de la conciencia o desde más allá de ella, y sólo se capta en forma completa e instantánea por las vías empáticas, sensibles e intuitivas, o durante los sueños, el trance u otros estados visionarios.

Hay una diferencia radical entre esta perspectiva, propia de la mayor parte de las culturas tradicionales, incluidas las indígenas, y la concepción occidental clásica sobre el fenómeno artístico. Se entiende que le estamos otorgando al término “arte” una extensión mucho mayor que aquella que se desarrolla durante la modernidad occidental, por la cual lo artístico se circunscribe a la creación individual, supuestamente original y excelsa de obras únicas que, en realidad, se califican más por la legitimación dada por una serie de círculos sociales jerarquizados y su consecuente valor como mercancía. Según la perspectiva tradicional, en cambio, gran parte de las creaciones humanas, incluso colectivas o utilitarias, pueden considerarse “arte”. Su principal diferenciación con el resto de las creaciones humanas, además de ese plus de dedicación y destreza puestas para distinguirlas y embellecerlas, es que de alguna manera son instrumentos del diálogo con lo sagrado. Y ésta bien puede ser la razón por la cual no existen términos equivalentes a la acepción occidental de “arte” en las culturas indígenas. Con el desarrollo de la modernidad, Occidente aprende a restringir su conciencia y a permanecer en la supuesta seguridad de la franja de realidad ordinaria que llamamos “normal”. Junto con la valoración positiva de esta restricción –necesaria para lograr el éxito del proyecto cientificista, pero básicamente para obtener cierta forma muy efectiva y económica de control social- se reprimen todos los demás estados de conciencia. Al mismo tiempo, se pierde el permiso y el conocimiento para acceder a otros planos no ordinarios y mantener la conexión con lo trascendente, pérdida que sin duda está en la raíz de gran parte de los males contemporáneos, pues ha afectado la esencia misma del alma humana. (…)

Pero la situación hoy en día está cambiando considerablemente. La cultura occidental en general, profundamente necesitada de recuperar el sentido y la vivencia de lo sagrado, está mirando con renovado interés hacia las culturas tradicionales. Intuye que en esas formas ancestrales de sabiduría se guardan algunas claves que ahora le son imprescindibles. El arte primordial suscita una especial atracción sobre la sensibilidad contemporánea. Es una expresión privilegiada de lo trascendente. En la elementalidad de sus trazos y en el misterio de sus formas reúne un mensaje perenne.”*

Culturas madre o cunas de civilización como la peruana son una fuente inagotable de artistas que dan vida a esta tradición creativa, un arte primordial que se extiende a lo largo del tiempo y tiene continuidad hasta nuestros días. El conjunto de obras que presentamos en “El lenguaje de los dioses” es una pequeña muestra dentro de un conjunto mucho más amplio de artistas que nos ofrecen con sus visiones la oportunidad de revelar las profundas pulsiones que dan forma a nuestra existencia.**

Graciela Arias (artista ayacuchana que radica en Pucallpa), Paula Duró y Alejandro Sordi (artistas argentinos), Roldán Pinedo (artista de origen shipibo) y Chris Dyer (artista peruano canadiense) describen escenarios fantásticos que recrean una mitología local contemporánea con fuerte influencia amazónica. Ana Barboza, Rosamar Corcuera, Lala Rebaza, Joaquín Liébana, Herbert Rodríguez (todos artistas locales) y Agustina Valera (ceramista de origen shipibo) dan vida a antiguos símbolos o arquetipos que resuenan en las profundidades olvidadas de nuestra psique. Arianne The Metanoist (artista brasilera), Patrick Tschudi y Harry Chávez (ambos artistas locales) recurren a la composición concéntrica para organizar un universo de elementos mágico-populares. Olinda Silvano, Ronin Koshi (ambos artistas de origen Shipibo), William Mérida (artista cusqueño), Carlos Morelli y Kristie Arias (artistas locales) exploran con alto vuelo las posibilidades poéticas del arte textil andino-amazónico originario. Finalmente, Cuco Morales (Lima), nos invita a contemplar la belleza simple y misteriosa de la naturaleza. Sensibles artistas que traducen la intimidad y complejidad de sus vivencias en alegorías que son puertas hacia el autoconocimiento y la comprensión del mundo que nos rodea para luego compartirlas con la comunidad y estimular en el espectador un ejercicio semejante.

 

Harry Chávez

 

* Fragmento tomado de la introducción del libro “El Lenguaje de los dioses. Arte, Chamanismo y Cosmovisión indígena en Sudamérica” editado por Ana María Llamazares y Carlos Martínez Sarasola y publicado en 2004 en Buenos Aires.

** 2da exposición del mismo nombre. La primera se realizó en la I Bienal de Arte Amazónico el año 2019 en Pucallpa curada por quien escribe.